Leer en inglés: When a Child Refuses: How to Respond Without Turning It Into a Power Struggle
Cómo ayudar a los niños a superar la frustración, aprender a comunicarse y desarrollar la confianza necesaria para hacer cosas difíciles.
Por Peter A. Beddow, PhD, BCBA-D
Uno de los momentos más difíciles para padres, docentes y terapeutas es cuando un niño simplemente se niega.
Usted le pide a un niño que complete una hoja de trabajo, que participe en una actividad de grupo, que recoja los juguetes o que termine un dibujo para colorear. El niño dice que no. Tal vez aparta los materiales, tira algo al suelo, se pone a llorar o se vuelve agresivo.
¿Qué hace usted? ¿Insiste? ¿Le ofrece un descanso? ¿Le da opciones? ¿Intenta calmarlo? ¿Y cómo sabe si está ayudando al niño o si, sin querer, está complicando las cosas?
Hace poco hablaba con una terapeuta precisamente sobre esta pregunta. Me contó que, cuando un niño empieza a negarse, su mente se adelanta de inmediato. ¿Podría esto convertirse en agresión? ¿Podría el niño salir corriendo? ¿Podría alguien hacerse daño?
Son preocupaciones razonables, y la seguridad siempre importa. Pero la animé a tener presente una pregunta más junto a ellas:
¿Qué está aprendiendo el niño de la forma en que respondemos?
Empiece preguntándose por qué
Imaginemos a un niño que no quiere colorear. Le damos un dibujo para colorear y lo aparta. Quizá lo rompe o lo tira al suelo.
Es tentador concluir: «Simplemente no quiere hacer lo que se le dice». Puede que eso sea parte de la explicación. Pero pensémoslo con un poco más de cuidado.
¿Y si colorear siempre le ha resultado difícil? ¿Y si tiene dificultades con la motricidad fina o con no salirse de las líneas? ¿Y si los adultos lo han corregido una y otra vez: «Te estás saliendo de las líneas». «Así no se hace». «Hazlo otra vez»?
No sé si algo de eso le ha pasado. Tampoco sé si no le ha pasado. Si colorear ha quedado asociado a la frustración o a la vergüenza, tiene sentido que quiera evitarlo.
La negativa puede tener muchos orígenes. Puede que la tarea sea demasiado difícil. Puede que el niño no entienda lo que le pedimos o que todavía no tenga una forma fiable de decirnos lo que necesita. Puede que el entorno sea demasiado ruidoso, demasiado luminoso o tenga demasiada actividad. Puede que sus experiencias anteriores con tareas parecidas hayan sido desagradables. O puede que el niño simplemente prefiera hacer otra cosa.
Por lo general, no podemos saber cuál de estas cosas está ocurriendo con solo observar un momento. Para los profesionales del comportamiento, aclarar esto es el propósito de la evaluación. Para padres y docentes, significa mantener la curiosidad, fijarse en los patrones y hablar con las personas que apoyan al niño antes de decidir qué «significa» la negativa.
Entender por qué una tarea es difícil no significa automáticamente eliminarla. Significa que podemos tomar mejores decisiones sobre cómo enseñarla.
Las preferencias son normales. La conducta peligrosa es algo que abordamos mediante la enseñanza.
No querer hacer algo no es un defecto de carácter.
Si le preguntara si preferiría estar trabajando ahora mismo o descansando en una playa, quizá elegiría la playa. Eso no lo convierte en una persona irresponsable. Simplemente significa que tiene preferencias.
Los niños también tienen preferencias. Un niño que prefiere jugar con coches antes que terminar una hoja de trabajo no está necesariamente siendo desafiante.
Está bien que un niño diga: «No quiero hacer esto». Está bien que se sienta frustrado, que pida ayuda o que pida un descanso. Podemos aceptar y respetar esa comunicación.
Aceptar la comunicación de un niño es distinto de permitir conductas peligrosas. Tirar materiales, hacer daño a alguien o destruir cosas no son formas en que queramos que los niños manejen los sentimientos difíciles. Ahí es donde entra la enseñanza.
Responder en el momento
Volvamos a nuestro ejemplo de colorear. El papel está en el suelo y el niño está claramente alterado.
Yo podría recoger el papel y preguntarle: «Oye, ¿qué estás sintiendo ahora mismo?». Y luego escucho.
Quizá me dice: «No quiero colorear».
Lo entiendo. Podría responder:
«Sé que ahora mismo no quieres colorear. Está bien. Pero quiero que trates bien mis papeles y que no los rompas. Así que no los vamos a romper».
No lo estoy criticando por estar alterado. Estoy reconociendo cómo se siente y, al mismo tiempo, estableciendo una expectativa clara y razonable sobre cómo tratamos los materiales.
Luego podría añadir: «No tenemos que empezar enseguida. Cuéntame cómo te sientes».
A veces, lo que un niño más necesita es un adulto que pueda acompañarlo en un momento difícil sin echar más leña al fuego.
Una de mis frases favoritas: «Puedo esperar»
Una de las cosas que más me gusta decirle a un niño que está pasando un mal momento es simplemente: «Puedo esperar».
No quiero una lucha de poder. Incluso cuando he decidido que una actividad es importante y apropiada, rara vez tiene que hacerse en ese mismo instante. Puedo darle tiempo al niño. Puedo dejar que esté frustrado un rato. Puedo sentarme cerca mientras lo va superando.
«Si necesitas un poco de tiempo, está bien. Puedo esperar».
Los niños todavía están desarrollando la capacidad de manejar emociones intensas por sí solos, y muchos necesitan la ayuda de un adulto para calmarse. Esto suele llamarse corregulación. En la práctica, puede consistir en una voz tranquila, menos palabras, un poco de espacio o un poco de cercanía según lo que prefiera el niño, y un adulto predecible que no aumenta la tensión. No funciona igual con todos los niños ni en todos los momentos, y algunos niños necesitan algo bastante diferente, pero nuestra propia calma suele darnos la mejor oportunidad de ayudar.
Mantener la calma también nos ayuda a tomar mejores decisiones. A veces lo correcto es ayudar al niño a completar la actividad. A veces es hacer la tarea más fácil, ofrecer otra forma de participar, posponerla o reconocer que insistir en ella no es apropiado en este momento.
Cuando el escape forma parte del patrón
Hay un patrón que vale la pena entender, aunque es solo una posibilidad entre muchas.
Un adulto le pide a un niño que coloree. El niño tira el papel. El adulto dice: «Está bien, no tienes que colorear», y la actividad termina.
Si tirar el papel pone fin de forma constante a las tareas desagradables, es posible que el niño tienda más a tirar materiales en situaciones parecidas. En el análisis de conducta, esto se llama refuerzo negativo: se retira algo desagradable después de una conducta, y eso puede hacer que la conducta tenga más probabilidades de repetirse.
Eso no significa que todas las negativas funcionen así, ni que debamos forzar cada tarea que un niño rechaza. A veces la tarea realmente es demasiado difícil. A veces el niño está abrumado o está comunicando una necesidad legítima que deberíamos respetar. Determinar si el escape es realmente lo que mantiene una conducta requiere una observación cuidadosa y, ante preocupaciones persistentes o graves, una evaluación adecuada realizada por un profesional cualificado.
Cuando el escape sí forma parte del cuadro, la respuesta no suele ser simplemente mantenerse firme. Consiste en enseñar al niño una mejor manera de pedir un descanso, pedir ayuda o negociar, y luego asegurarse de que esas peticiones realmente funcionen.
Enseñe a los niños qué decir en su lugar
¿Qué preferiría que hiciera el niño en lugar de tirar el papel? Podría decir:
- «Ahora mismo no quiero hacer esto».
- «Necesito un poco de espacio, por favor».
- «¿Me das dos minutos?».
- «¿Me puedes ayudar?».
- «Esto es demasiado difícil».
- «¿Podemos hacerlo más tarde?».
Son habilidades que podemos enseñar. Con un niño que habla, podemos modelar las palabras y practicarlas en momentos de calma. Con un niño que usa imágenes, signos o un dispositivo de comunicación aumentativa y alternativa (CAA), podemos enseñar los mismos mensajes dentro de ese sistema.
Cuando un niño usa una de estas habilidades, respondemos. A veces atendemos la petición de inmediato. A veces explicamos que todavía hay algo que tiene que hacerse y buscamos un punto intermedio:
«¿No quieres colorear todo el dibujo? De acuerdo. ¿Qué te parece si coloreamos juntos solo esta parte?».
«¿Necesitas un descanso? Claro. Tomemos un descanso y luego volvemos a intentarlo».
Queremos que los niños conserven su capacidad de decir que no, mientras aprenden a decirlo de maneras que funcionen para ellos y para las personas que los rodean.
Amable y claro: mantener una expectativa razonable
No tiene que elegir entre la amabilidad y las expectativas. Puede tener ambas.
Supongamos que el niño ya ha tenido tiempo de calmarse. Hemos hablado de cómo se siente, hemos reconocido que colorear es difícil, le hemos ofrecido ayuda y hemos decidido que colorear una pequeña sección es una expectativa razonable para él hoy.
«¿Estás listo para intentarlo ahora?».
«No».
«De acuerdo. Puedo esperar».
Un poco más tarde podría intentarlo de nuevo: «Voy a volver a poner este papel en la mesa. ¿Lo vas a tirar?».
«Sí».
«De acuerdo, entonces esperaré».
Después de otro momento: «¿Vas a tirar esto de la mesa?».
«No».
«¿Vas a colorearlo?».
«Sí».
«Muy bien. Aquí tienes el crayón».
Y colorea.
Empezó enfadado y negándose, y terminó participando en algo que le había resultado difícil. Sin gritos, sin amenazas, sin vergüenza.
Este es un resultado posible, no un guion. Algunos niños no pueden responder de forma fiable a preguntas como estas y, para algunos, las preguntas repetidas se sentirán como presión. Si el malestar sigue aumentando, o si la actividad ya no tiene sentido para este niño hoy, ajustar o dejar de lado la expectativa suele ser la mejor decisión educativa. Lo que se considera razonable será diferente para cada niño.
Terminar con una nota positiva
Cuando un niño participa, quiero que la experiencia termine bien.
«¡Oye, te esforzaste mucho con eso! ¡Bien hecho, campeón!».
Y tal vez: «¿Quieres guardarlo en tu caja o terminarlo más tarde?».
No quiero que ningún niño se vaya sintiendo que perdió una batalla contra un adulto, y no considero el trabajo terminado como algo que yo gané. Quiero que el niño se vaya sintiéndose capaz, sabiendo que las cosas difíciles no tienen por qué convertirse en experiencias terribles y que los adultos que lo rodean lo ayudarán cuando lo esté pasando mal.
A veces hay que cambiar la forma de enseñar
A veces un niño se niega porque la forma en que estamos enseñando simplemente no está funcionando.
He visto niños que rinden muy bien con ciertos materiales o disposiciones y que tienen dificultades cuando la misma habilidad se presenta de otra manera. Un niño puede tener problemas con tarjetas de imágenes colocadas sobre la mesa, pero tener éxito cuando las mismas tarjetas se sostienen en posición vertical. Un niño que no identifica colores en la mesa puede participar con entusiasmo cuando los colores se ponen en una pizarra blanca y se convierten en un juego.
El objetivo de aprendizaje no ha cambiado. Solo ha cambiado la forma en que lo enseñamos.
Pequeños ajustes como estos pueden marcar una gran diferencia, y por eso animo a todas las personas del equipo de un niño a compartir lo que funciona. Si un niño responde mejor cuando se le muestran los materiales en alto, necesita más tiempo para procesar las instrucciones o se entusiasma con un juego en particular, cuénteselo a las demás personas que trabajan con ese niño. A veces esas observaciones revelan que lo que parecía una negativa era en realidad un desajuste en la forma en que estábamos enseñando.
La seguridad es lo primero
A veces la negativa se intensifica y se convierte en agresión, autolesiones, huidas u otras conductas peligrosas. Cuando eso ocurre, la seguridad tiene prioridad sobre todo lo demás, incluida la actividad.
Nadie necesita terminar un dibujo para colorear mientras alguien corre el riesgo de hacerse daño. En ese momento, la respuesta adecuada puede ser detener la actividad, reducir las exigencias y crear espacio. Más allá de eso, siga el plan de apoyo conductual o el plan de crisis aprobado para el niño, su formación, las políticas de su escuela o de su proveedor de servicios y la legislación aplicable. Si alguien está en peligro inmediato y la situación no puede manejarse de forma segura, pida ayuda de emergencia.
Una vez que todos estén a salvo, podemos reflexionar. ¿Era la tarea demasiado difícil? ¿Estaba el niño abrumado? ¿Pasamos por alto un intento anterior de comunicarse? ¿Algo de lo que hicimos empeoró la situación? ¿Qué podríamos enseñar o cambiar para que la próxima vez salga mejor? Ante incidentes repetidos o graves, este es el momento de involucrar al equipo del niño y a los profesionales responsables de su plan de apoyo.
El panorama general
Cuando trabajo con niños, intento recordar que la actividad que tenemos delante no suele ser lo más importante. Colorear no es realmente lo esencial. Tampoco lo es la hoja de trabajo.
Lo que importa es ayudar al niño a desarrollar habilidades que le servirán toda la vida. Quiero que los niños aprendan que la frustración es algo que pueden superar, que pedir ayuda y pedir un descanso son habilidades valiosas y que pueden confiar en que los adultos los escucharán. También quiero que sientan la satisfacción de lograr algo que alguna vez pensaron que no podían hacer.
Por eso no creo que cada negativa tenga que convertirse en una competencia. No tenemos que ser duros, y no tenemos que hacer que los niños se sientan mal por tener preferencias. Lo que sí tenemos que hacer es enseñar, y enseñar bien a menudo requiere paciencia.
La próxima vez que un niño se niegue, intente responder con calma y seguridad. Sienta curiosidad por saber por qué. Reconozca sus sentimientos. Enséñele a expresar lo que necesita. Pregúntese si la tarea o su enfoque necesitan cambiar. Cuando la expectativa sea apropiada para ese niño, ayúdelo a experimentar el éxito.
A veces eso significa ofrecer ayuda. A veces significa hacer la actividad más fácil, más agradable o dejarla para más tarde. Y a veces significa sentarse junto a un niño y decirle:
«Puedo esperar».
